Un almuerzo donde Rosita cuesta solo mil pesos, pero también hay de ochocientos y de seiscientos pesos, y si alguien quiere para llevar, se le acomoda y no debe pagar recargo.
¿”Que hay para hoy”? es la pregunta que más se escucha a eso de las once y media de la mañana, cuando coteros, cobradores, recicladores, estudiantes, dulceros, habitantes de la calle, entre otras personas empiezan a llegar a un viejo paradero ubicado en la carrera cuarta con calle séptima en el centro de la ciudad.
Ahí, diariamente llega Rosita como le dicen cariñosamente, lista con su carrito de mercado cargado de unos diez litros de sopa, una hollada de arroz, seis litros de jugo y más de 5 kilos de fritanga.
El menú es variado y va desde la sopa de auyama, lentejas, sancocho, frijoles, albóndigas, chicharrón, mollejas, hasta papas fritas y chorreadas, claro todo esto acompañado del infaltable arroz.
Como no hay mesas, los clientes reciben su plato de icopor y se acomodan en un muro que bordea el anden peatonal; no se ven meseros agitados porque Rosita sirve el almuerzo y su ayudante la sobremesa, nadie usa tiquetera, no existen precios fijos, ni mucho menos se paga propina.
El restaurante de Rosita cada día gana más fama, llegan alrededor de cuarenta personas por día. Ella dice que seguro eso se debe a la buena sazón y al empeño que ella le pone a su trabajo.
La idea
Rosa Hiles, mujer incansable y pilar de este restaurante, caritativo de alguna manera, llegó a la ciudad con sus cinco hijos, hace más de diez años proveniente de San Lorenzo, un corregimiento al sur del Cauca.
Cuenta que se vino para Popayán con el fin de brindarles un mejor futuro a sus muchachos, que hoy todavía viven con ella en una vivienda de alquiler en el barrio “El Lago”.
Dice que desde esos días se inclinó por la cocina, y hoy orgullosa de su trabajo expresa que “En esos momentos de crisis uno tiene que pensar rápido y de que manera va a sobrevivir, sobretodo para que los hijos no aguanten hambre y no anden en la calle pidiendo”.
Actualmente completa tres años desde que se ubicó en cercanías del Colegio Ulloa y más de una década vendiendo comida en varios lugares de la ciudad; dice que se ubicó allí porque ese es un sitio tranquilo, aunque a veces se ha sentido temerosa de que no le dejen trabajar más, por aquello de la recuperación del espacio público.
Doña Rosa se consolida hoy como una maestra de cocina, y además de esto como alguien cuya humildad le ha servido para no negarle un alimento a nadie; por eso en ese paradero donde hoy se ubica, el ambiente que se vive es mucho mejor que en muchos sitios donde una ración alimenticia sobrepasa los cuatro mil pesos.
Ahí en medio de la sencillez, junto a empleados y estudiantes, muchos que no tienen a donde ir pueden recordar un almuerzo en la casa materna por el trato de doña Rosita, escapando por un momento a lo duro de sus vidas.
Las aspiraciones
Rosita desea poder seguir trabajando mucho tiempo en esa labor, eso si, rogando que le permitan ejercerla sin ninguna presión o restricción. Ella no anhela un restaurante pomposo porque piensa que así debería cobrar más por los platos que sabe preparar, cosa que ella no quiere.
Por eso continuará madrugando a cocinarle a su fiel clientela, manteniendo sus precios bajos en el viejo paradero del “Ulloa”, en procura de que cada día menos personas se queden sin “el golpe del medio día”, porque lo importante es que su grata función es que ayuda a combatir el hambre de muchos desamparados, cosa que muchas instituciones no son capaces de hacer.
Ferney Meneses Gutiérrez
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