Hace diez meses, exactamente el 14 de octubre de 2007, la muerte sacudió a más de veinte familias dedicadas a la minería artesanal en el municipio de Suárez, al noroccidente del departamento del Cauca, cuando el terreno cercano a la mina donde trabajaban cedió y los atrapo en un santiamén.
Esa mañana, toneladas de lodo y piedra arrasaron con los sueños de 16 mujeres y cinco hombres, entre ellos un menor de 15 años, los cuales habían llegado religiosamente ese día para buscar el mineral que les permitía subsistir; para extraer el oro de las entrañas de la tierra, la misma que se los llevó como reclamándoles lo que le habían quitado.
Aquella tragedia dejó también 25 personas heridas, quienes se salvaron milagrosamente gracias a algunas raíces de las que se aferraron para huirle a la muerte. Todos ellos se recuperaron durante las semanas siguientes en el hospital de Santander de Quilichao, y hoy coinciden en que la culpa de lo que pasó aquel domingo, no era del alcalde de turno, o del dueño de la mina, sino del hambre y la necesidad de muchos suareños que veían en el oro una salida a sus problemas.
A pesar del tiempo, y de la tristeza que genera el recuerdo de nefasto momento para esta comunidad afrodescendiente, y para la región, hoy muchos pobladores de esta zona enmarcada por el caudaloso río Cauca, continúan laborando en la minería. Hombres y mujeres de todas las edades diariamente llegan a buscar entre la húmeda arena, el brillo aurífero, el brillo que les arranca una sonrisa entre la arena que se seca en sus caras; el brillo que en sus blancas manos les asegura algunos pesos.
A sol y lluvia, cueste lo que cueste, cada quien llega fielmente a los terrenos donde queda la mina “San Miguel” para juntar poco a poco los pedacitos del metal precioso que a veces demora una semana para poder formar unos cuantos gramos.
José Wilson Ambuila es uno de los centenares de pobladores de Suárez y de algunas veredas cercanas, que llegan a la mina a buscar el pan de cada día, o mejor dicho, el oro de cada día.
Este hombre, de cuarenta años, y padre de seis hijos cuenta que lleva trabajando casi la mitad de su vida en la minería de aluvión o extracción del oro sedimentado de los ríos y que fielmente cada día llega a la zona con su batea en búsqueda de su tesoro. Sobre su difícil oficio comenta “eso si es un proceso largo, aquí toca trabajar fuertemente ya que se debe abrir unos huecos que miden desde cinco, hasta ocho metros de profundidad para encontrar la mina”, refiriéndose a unas excavaciones verticales, cuya boca es cuadrada y mide aproximadamente un metro con cincuenta tanto de ancho como de largo.
Se les llama ‘cúbicos’ y sus cuatro paredes están tapizadas por orillos de troncos de árbol y en la parte de arriba se mantiene un eje del cual prende una cadena que permite bajar y subir un balde con
sedimentos que deben ser retirados para poder llegar al material del que se puede extraer el oro.
A don José y a otros valientes hombres no les causa menor temor entrar y salir varias veces por entre estos incómodos túneles, que para quienes no están acostumbrados solo inspiran miedo y un gran vació en el estomago. Ellos desafían el peligro solo con casco pastico equipado con una pequeña lámpara que los guía por entre la penumbra de esos socavones.
El caso es poder conseguir el oro que es pagado por los compradores a un precio que oscila entre los 37 mil y 40 mil pesos por gramo dependiendo de la situación del dólar; “El pago es por el oro en bruto, el precio es muy barato, el trabajo de uno no lo valoran”, comenta don José mientras cierne el producido del día en un pequeño pedazo de tela.
El oro después de que es comprado a los mineros artesanales duplica su valor en el mercado nacional, y si es vendido por fuera del país eleva su precio debido a la alta calidad del obtenido en esa mina, cuyos quilates son 18 y 24.
Sin embargo, a pesar de esto, no se puede dejar de trabajar, la jornada que inicia a las siete de la mañana y va hasta las cinco de la tarde, debe dejar al menos para la libra de arroz sin importar los riesgos, comenta José, quien fue una de las personas que se salvaron del alud del pasado octubre. Recuerda que ese día fue muy duro tener que ver como la gente quedó enterrada en el lodo, “El día del accidente yo estaba allá, la gente estaba trabajando normalmente, pero a las once de la mañana yo venia saliendo cuando cayó un pedacito y tras ese pedacito se aflojo todo eso hermano y me toco correr bastante”.
El dice que a pesar de ya se va a completar un año del derrumbe que se les llevó a 21 paisanos, no se les ha cumplido en lo que se les prometió; el tema de la creación de cooperativas solo se quedó en las noticias que por aquellos días de octubre salieron en los periódicos, porque hoy la realidad es otra, los únicos con cooperativa son los mineros que trabajan en la minería de filón o extracción del mineral de la peña.
José agregó que ellos continúan trabajando artesanalmente y que de la posibilidad de que se tecnifique todavía no se sabe nada, solo existe una amenaza latente que es la posible llegada de los antimotines para que se retiren de la zona.
A pesar de ese posible desalojo, las casi ochocientas personas que trabajan en ‘San Miguel’, continuaran buscando el sustento para sus familias, y José seguirá llegando puntualmente a trabajar honradamente a la mina, con su batea, su barra y su almocafre para rayar la mina donde brillan sus esperanzas por que como el mismo dice “mientras uno viva uno tiene que buscar el sustento para su familia”.
Así finaliza este pequeño acercamiento a una de las comunidades que vive de la extracción de oro artesanalmente, del oro que sirve para moldear muchas de las joyas que se lucen en las pasarelas y grandes joyerías, del oro que olvida aquellas frías y blancas manos que lo tocaron por primera vez, las mismas manos que continúan cerniendo mineral en la batea, las mismas que esperan abiertas la ayuda del gobierno para mejorar sus condiciones de vida.
Ferney Meneses Gutiérrez
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